domingo, 16 de febrero de 2014

Nicolás de Oresme, el Einstein francés del siglo XIV



Nicolás de Oresme (en francés Nicole d'Oresme) es uno de los principales artífices de la renovación medieval, previa a la revolución científica moderna del siglo XVII. Fue un genio intelectual y probablemente el pensador más original del siglo XIV como economista, matemático, físico, astrónomo, teólogo, filósofo, psicólogo y musicólogo. Se le conoce como el Einstein francés de su siglo que tuvo la capacidad añadida de popularizar las ciencias.

Nació hacia 1325 cerca de Caen, en Normandía. Siendo Maestro en Artes y Maestro de la nación normanda, entró como becario en el Colegio de Navarra, adscrito a la Universidad de París, en 1348 para estudiar Teología, alcanzando el doctorado en 1356, con lo que accedió a ser Gran Maestre del Colegio. En esa época debió redactar muchos de sus tratados, que le atrajeron la atención de la familia real, con la que desde entonces estuvo estrechamente relacionado. Hubo de abandonar su designación como archidiácono de Bayeux en 1361, porque el Parlamento de París dictaminó que ese cargo no era compatible con su calidad de Gran Maestre del Colegio de Navarra. Fue nombrado canónigo de Rouen en 1362, y al año siguiente canónigo de la Sainte-Chapelle, lo que le permitió continuar enseñando en la Universidad de París. El 18 de marzo de 1364 fue decano del Capítulo catedral de Rouen. Desde 1369 hasta 1377 compuso sus comentarios a la Ética, la Política y el De Caelo de Aristóteles; además de su interés filosófico y científico, tradujo al francés, por encargo del rey Carlos (Charles le Sage), las versiones completas de obras de Aristóteles. En 1377, por iniciativa del rey, fue nombrado obispo de Lisieux, cargo que mantuvo hasta que murió el 11 de julio de 1382.  


Los ámbitos a los que Oresme aportó trabajos originales son las matemáticas, la física matemática, la musicología, la cosmología, el método científico, la lucha contra la astrología y la economía. Se le considera además uno de los fundadores del lenguaje científico francés y de la prosa francesa en general.

Las aportaciones matemáticas de Oresme se encuentran principalmente en sus obras De proportionibus proportionum, Quaestiones super geometriam Euclidis y Algoritmus proportionum . En la base de esas aportaciones se encuentra el estudio de la utilización de los números fraccionarios como bases y exponentes de relaciones algebraicas.

 Formuló asimismo un estudio sobre la probabilidad matemática que puede ser considerada como una de las primeras proposiciones formales de la teoría de probabilidades, y quizá la primera en sentido absoluto. En su tratado Questiones super geometriam Euclidis, escrito en torno a 1350, Oresme estudia las series matemáticas infinitas, al que se dedicaron muchos esfuerzos en el siglo XIV, y de forma destacada los de los 'Calculatores' en la Universidad de Oxford. Oresme hizo la primera demostración de que la serie armónica simple, de término general 1/n, era divergente.


Las contribuciones de Oresme a la física matemática abarcan principalmente tres cuestiones: la representación gráfica de las cualidades (como velocidad o calor), la aplicación de esa representación al estudio del movimiento uniformemente acelerado y las consideraciones sobre el vacío. Formula la doctrina de la representación geométrica aplicada a las cualidades, y explica cómo se puede utilizar para explicar muchos fenómenos físicos e incluso psicológicos. Se trata, como es obvio, de un tema de primer orden con respecto a la formulación efectiva de una ciencia de la naturaleza con el auxilio de las matemáticas.
Gracias a los intercambios con los 'Calculatores' del Colegio Merton de la Universidad de Oxford, Oresme  aplica los planteamientos matemáticos y el uso de coordenadas rectangulares (300 años antes que Descartes) para la representación gráfica de las variaciones en las cualidades y, de modo especial, en el estudio del movimiento de los cuerpos. Aunque se atribuye a Galileo, fundador indiscutible de la mecánica moderna, la formulación de la ley del movimiento acelerado, existe un claro precedente en la ley del movimiento uniformemente variado que aparece en el Tractatus de configurationibus qualitatum et motuum escrito en 1350 por Oresme. Por ello es considerado como el inventor, o precursor al menos, de la geometría analítica.


En Le livre du ciel et du monde, comentando las ideas de Aristóteles, y en el Tractatus de commensurabilitate vel incommensurabilitate motuum celi Oresme subraya que todos los fenómenos que explica la Astronomía pueden explicarse admitiendo que la Tierra esté animada por un movimiento de rotación diaria. Según su teoría, el movimiento natural de un cuerpo se halla gobernado, no por la posición que ocupa en un espacio aristotélico absoluto, sino por su posición relativa, con respecto a otros fragmentos de materia. Esta tesis representa algo así como un requisito previo para las nuevas cosmologías de los siglos XVI y XVII; cosmologías en las que la tierra había perdido sus características de unicidad y centralidad. Teorías similares en varios aspectos son comunes en los textos muy posteriores de Copérnico, Galileo, Descartes y Newton.


Oresme da importantes pasos en la dirección de la nueva física, ya que muestra la posibilidad de que la Tierra no haya de ser considerada como centro inmóvil de un mundo único. Estas ideas representan un progreso en la línea que después sería adoptada por Nicolás de Cusa y Leonardo da Vinci.

De la misma reflexión surge otro factor que rompe con la física de Aristóteles y prepara la de Newton: la posibilidad de un vacío físico. Desarrollando esta idea llega a formular un pensamiento que sin duda constituye una anticipación explícita del concepto de espacio de la física newtoniana. 


Oresme descubre también que la luz viaja a lo largo de una curva a través de un medio de densidad uniformemente variable. La curvatura de la luz debido a la refracción atmosférica no la conoció Kepler en el siglo XVII y hubo que esperar a que Newton la formulara matemáticamente. En reconocimiento tardío a sus aportaciones, la Unión Astronómica Internacional en 1970 ha bautizado con el nombre de Oresme un cráter en la luna.

Gracias a su amistad con el compositor y teorizador de la música Philippe de Vitry, Oresme también profundiza en su conocimiento en forma tal que se le considera creador de la musicología moderna, cubriendo prácticamente la totalidad de los temas como acústica, estética musical, fisiología de la voz y de la audición, psicología de la audición, teoría musical de la medida, ejecución musical y filosofía de la Música.

 Oresme realizó también importantes contribuciones en el ámbito de la economía. Su tratado sobre la primera invención de las monedas fue redactado, entre los años 1355 y 1358, lo que le convierte en uno de los pioneros de la ciencia económica. Es una síntesis coherente que marca un hito en los escritos económicos.


Su estudio incluye profundas consideraciones acerca del cambio de moneda, el origen y utilidad de la moneda, y la teoría del valor, que no se basa sólo en la escasez sino en las cualidades intrínsecas. Se critican la usura y los abusos feudales, afirmando con fuerza los derechos económicos de la comunidad frente al príncipe: se sostiene que el poder del príncipe deriva de Dios pero sólo en cuanto actúa en vistas al bien común, y se aplican estas ideas a la política monetaria.


Además, tiene especial importancia su descripción de las cualidades de la buena moneda, su insistencia en la necesidad de la estabilidad monetaria y los estudios acerca de la relación entre la moneda y los metales preciosos. Es interesante advertir que el tratado de Oresme no es un estudio abstracto, ya que está elaborado teniendo en cuenta los problemas prácticos y, en especial, las graves dificultades económicas por las que atravesaba Francia cuando el tratado fue escrito. De hecho, Oresme tuvo el mérito notable de contribuir de modo decisivo a la superación de esa crisis económica


En resumen, a pesar de que en la Edad Media existía una mentalidad colectiva, basada en la fe cristiana, Nicole d'Oresme  fue capaz de influir notablemente con su prodigiosa capacidad en los planteamientos que condujeron a la ciencia moderna. Oresme fue un precursor de Copérnico, de Descartes y de Galileo. Fue el último gran intelectual europeo que creció antes del surgimiento de la peste negra.


MAG

sábado, 8 de febrero de 2014

Siger de Brabant, el filósofo adversario de Tomás de Aquino


Sygerius de Brabantia, nacido en torno al 1240, fue un filósofo defensor a ultranza del averroismo latino, doctrina condenada por la Iglesia en diciembre de 1270.

Lideró en 1266 el grupo de la 'nación' de los Picardos frente a la 'nación' de los Franceses en la Facultad de Artes de la Universidad de París. Escribió seis tratados:

  • De anima intellectiva (1270)
  • Quaestiones logicales
  • Quaestiones naturales
  • De aeternitate mundi
  • Quaestio utrum haec sit vera: Homo est animal nullo homine existente
  • Impossibilia
que contribuyeron a conformar, junto a Tomás de Aquino, una mayor aproximación de la razón a la fe apoyándose en el conocimiento del aristotelismo radical, que sería también condenado por la Iglesia en 1277 con una recriminación especial a sus defensores, Boecio de Dacia y Siger de Brabant. También a Siger se le acusó de herejía por cuestionar en Impossibilia la existencia de Dios y criticar la infalibilidad del Papa en cuestiones terrenales.
En sus comentarios al pensamiento de Aristóteles, Siger se defendía de sus críticos manifestándose así:

«Notre intention principale n'est pas de chercher ce qu'est la vérité, mais quelle fut l'opinion du Philosophe

La Historia identifica a Siger como el adversario de Alberto Magno y de Tomás de Aquino. Su obra principal (De anima intellectiva) provocó el tratado de Aquino sobre la unidad del intelecto (De unitate intellectus contra averroistas). De hecho, Siger defiende todas la posturas de la filosofía averroísta:
  • El monismo del intelecto humano, un espíritu intelectual común a todos los hombres, separado del cuerpo que se une temporalmente con cada organismo humano para realizar el proceso del pensamiento.
  • El hombre es mortal pero la raza es inmortal, de ahí que la cuestión de la vida futura deje de tener significado porque la inmortalidad no puede ser personal. El mundo es creado por una serie de seres intermediarios, por lo que no hay providencia en el gobierno de los hombres y de las cosas terrenas. Todas estas producciones son necesarias, co-eternas con Dios.
  • Todo está gobernado por un determinismo cósmico y físico. Los fenómenos celestes y la conjunción de los planetas controlan la sucesión de los eventos de nuestro globo y los destinos de la raza humana. El hombre no es un agente libre. Hay una eterna reversibilidad de civilizaciones y religiones, incluida la cristiana, que es gobernada por la reversibilidad de los ciclos estelares.
 
Sin embargo, Siger afirmaba que la verdad se reserva a la fe cristiana, puesto que ésta y la razón son de distinto orden. La razón es es de orden natural y la otra sobrenatural y verdadera. Por la razón llegamos a conocer el orden natural (que es también el orden de las consecuencias lógicas) y es por la revelación como se conoce la verdad.
Sin duda, el continuo debate dialéctico entre Siger y Tomás de Aquino ayudó ciertamente a la evolución del pensamiento cristiano, como lo reconoce Dante situando a Siger junto a Isidoro de Sevilla en el segundo círculo del Paraíso, donde lo elogia su acérrimo rival filosófico Tomás de Aquino en el Canto X, 133-138):


«Questi onde a me ritorna il tuo riguardo,

è 'l lume d'uno spirto che 'n pensieri
gravi a morir li parve venir tardo:
essa è la luce etterna di Sigieri,
che, leggendo nel Vico de li Strami,
silogizzò invidiosi veri»


Siger había sido elegido en 1276 Rector de la Universidad de París pero estuvo sometido durante tres años a la presión de los escolares más ortodoxos que le acusaban de defender la doble verdad, esto es que una cosa podía ser verdad según la razón y falsa según la fe, al no poder conciliar la filosofía aristotélica en su manifestación original con el Cristianismo. Finalmente consiguieron que el papa Martín IV obligara a Siger a renunciar a su cargo, por lo que abandonó París huyendo a Lieja, en su Brabante natal.


Siger de Brabant era uno de los principales intelectuales mencionados por el obispo Étienne Tempier ya en 1270, quien condenaba las 13 tesis subversivas profesadas en la Sorbona en las que se reagrupaban, según la jerarquía eclesiástica, los diseños heréticos de la eternidad del mundo, la negación de la providencia universal de Dios, la unicidad del alma para todos los hombres y el determinismo.


Fue llevado ante el tribunal del Gran Inquisidor de Francia y, condenado, apeló a la corte romana. Murió en Orvieto, donde se hallaba la corte del papa, entre 1283 y 1284, asesinado por su secretario en un arrebato de locura quien le clavó una pluma envenenada.
Y a modo de cierre, cito la recomendación que Siger de Brabant hacía sus alumnos en la Universidad de París, aplicable hoy igualmente a los alumnos del Francesco Petrarca:
Veille, étudie, lis, pour que ce doute qui te reste t'excite à étudier et à lire, puisque vivre éloignés des lettres est, pour l'homme, mort et sépulture vile.


MAG



domingo, 2 de febrero de 2014

Federico II Hohenstauffen, 'stupor mundi'

Federico II de Suabia, nieto de Federico Barbarroja, nació el 26 de diciembre de 1194 en la plaza mayor de Iesi (Ancona, Italia) en una tienda preparada al efecto por su padre Enrique VI, rey titular de los Romanos, a fin de mostrar públicamente la legitimidad del niño dada la avanzada edad de la madre. Federico fue Duque de Suabia, rey de Sicilia, rey de Chipre, rey de Jerusalén, rey de los Romanos y Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

La educación de Federico fue un elemento fundamental para formar su personalidad, gracias a la civilización normando-árabe-bizantina presente en Sicilia. A la muerte de su madre, Federico II fue coronado rey de Sicilia a los tres años de edad. Como quiera que los derechos imperiales del niño podían comprometer su propia vida, su madre nombraba en su testamento como tutor del niño al Papado. Así, Inocencio III se encargó de la tutela de Federico bajo el cuidado de un tal Gentile de Manupello, que en absoluto defendió los derechos del niño ante las ambiciones del antiguo consejero del emperador, Markward von Anweiler. Federico, a pesar de contar tan sólo con siete años de edad, envió una carta a Inocencio III poniendo al papa al corriente de los vejatorios tratos a que se veía sometido. En respuesta, el papa nombró un equipo formado por su nuncio en Sicilia, el notario apostólico y el arzobispo de Tarento; completaron su educación los cadíes musulmanes de Palermo, con los que aprendió árabe y los rudimentos de la lógica, del cálculo y del álgebra, recién introducida en Italia por Leonardo Fibonacci.

Poco antes de decretarse su mayoría de edad, y a diferencia de otros monarcas de su época, muchas veces analfabetos, Federico hablaba latín, griego, árabe, alemán, provenzal y el dialecto siciliano. Algunos cronistas subían a nueve las lenguas habladas y a siete las escritas. Tuvo un interés por la lingüística que casi se podría llamar “moderno”. Le obsesionaba saber y determinar si existía una “lengua natural”, es decir, una lengua adámica, una lengua connatural al mismo hombre y que hubiera sido utilizada, en el primigenio estado, para dar cumplimiento al mandato divino de “dar nombre a todas las cosas”. En su interés por dilucidar cuál era la lengua originaria de la humanidad, ordenó aislar a un bebé de todo contacto verbal, esperándose que el niño, al crecer sin haber oído nunca a nadie hablar en ningún idioma, aprendiera espontáneamente a hablar en la lengua original de la Humanidad, que Federico sostenía que era el hebreo. El experimento fracasó porque las ayas del niño lo enseñaron a hablar a escondidas.

Al objeto de proteger de sus enemigos al inexperto Rey, el papa le indujo a que se casara en 1209 con Constanza de Aragón y de Castilla, hija de Alfonso II el Casto, rey de Aragón y de Sancha de Castilla, hermana de Pedro II. Constanza había enviudado del rey Emerico de Hungría.

La política de Inocencio III perseguía crear en Europa un gobierno teocrático central por él presidido. A dicho fin pretendía hacer de Federico un vasallo fiel a su causa, a pesar de que pertenecía a la familia Hohenstaufen, una «estirpe de víboras», apoyada por muchas facciones gibelinas  contrarias a los intereses papales.

Tras arduas negociaciones con Inocencio III y su sucesor Honorio III –que sucedió a aquél en 1216 y que había sido profesor del propio Federico–, no fue hasta 1220 cuando Federico fue coronado Sacro Emperador Romano en Roma por el papa el 22 de noviembre. Al mismo tiempo, su hijo mayor, Enrique, fue coronado como Rey de los Romanos. Las condiciones prometidas a cambio de la coronación fueron duras, e incluían condonar la deuda pontificia, renunciar a la condición de legado apostólico en el Reino de Sicilia, socorrer al Imperio Latino de Constantinopla y embarcarse en una cruzada hacia Tierra Santa, para recuperar los Santos Lugares.

Federico, una vez coronado, no se mostró muy dispuesto a cumplir estas promesas, pues su idea de fortalecimiento del Sacro Imperio se basaba en el restablecimiento de la unidad mediterránea mediante la tolerancia religiosa y la independencia del poder imperial frente al religioso.  Así quedó planteada la lucha por el llamado dominium mundi, conflicto secular entre el Pontificado apoyado por los güelfos y el Sacro Imperio Romano Germánico, apoyado por los gibelinos.

Federico II vivió rodeado de artistas, literatos, astrólogos y filósofos. Él era buen músico y trovador. Hizo traducir las obras de Aristóteles y protegió las escuelas de Mesina y Palermo. Con las 'Constituciones de Melfi' (1231), dotó a Sicilia de un moderno sistema jurídico y administrativo de carácter absolutista, quebrando el feudalismo imperante. Su curiosidad intelectual lo llevó a profundizar en filosofía, en astronomía (siguiendo los consejos del astrólogo Guido Bonatti), en matemática (mantuvo correspondencia con su amigo el matemático Leonardo Fibonacci, quien le dedicó su Liber quadratorum), en álgebra, en medicina y en ciencias naturales (construyó en Palermo un zoo famoso en la época por los animales exóticos que albergaba). Escribió un tratado sobre cetrería De arte venandi cum avibus, uno de los primeros manuscritos con imágenes de temas profanos. En su corte son recibidos humanistas como el escocés Michael Scot, Teodoro de Antioquía, y el gran enciclopedista judío Juda ben Salomon Cohen.

Como patrón de las letras fundó en 1224 la primera Universitas studiorum  laica en Nápoles de la cual salió la mayoría de los funcionarios en grado de servirlo, sin que sus partidarios tuvieran que ir hasta Bolonia para estudiar. Favoreció también la antigua y gloriosa escuela médica de Salerno. También impulsó la poesía de la Scuola Siciliana adelantando un siglo al menos el uso del idioma toscano como lengua literaria de Italia, saludada con entusiasmo por Dante Alighieri, e influyendo decisivamente en la conformación de la lengua italiana moderna.

Hizo construir en Apulia, un pabellón de caza, Castel del Monte, basado en el ocho como número generador y su posición, estudiada para crear determinadas simetrías de luz en el solsticio y equinoccio, creando una simbología que apasiona desde hace siglos a los estudiosos. El castillo se alza sobre una planta de ocho lados, son ocho también las salas de la plata baja y de la primera planta, trapezoidal, dispuestas formando un octágono y son, también, ocho las torres, obviamente de planta octogonal, situadas en cada uno de los ocho ángulos.

La intensa actividad política y militar, la innovación legislativa  así como su interés por las ciencias y la literatura convirtieron a Federico en un personaje mítico objeto de leyendas tanto de sus partidarios como de los detractores. Los gibelinos veían en él al Reparator Orbis, quien castigaría a los clérigos indignos y restauraría la pureza de la Iglesia. Por la otra parte, Federico es excomulgado por el papa Gregorio IX quien lo denominó precursor del Anticristo, por su amistad con los árabes pues no sólo hablaba con fluidez su lengua sino que su guardia personal estaba constituida por guerreros árabes. Aún más, el papa predicó un infructuosa cruzada contra Federico, que fue rechazada unánimemente por el resto de monarcas europeos, al considerar que, aunque excomulgado por haber ignorado el compromiso de reconquistar los Santos Lugares, Federico seguía siendo cristiano. En su campaña de desprestigio de Federico II, Gregorio IX le atribuyó sin fundamento la autoría de De tribus impostoribus libelo en el que se calificaba a Moisés, Jesús y Mahoma como trío de impostores. La ruptura con el papado era evidente. El primer concilio ecuménico de Lyon depone al emperador por perjuro, hereje y perturbador de la paz. Según los güelfos, su respuesta habría sido crear un nueva religión, de la que Federico II se proclamó Mesías, reservando a su ministro Pietro della Vigna el papel de San Pedro.

En 1225 Federico contrajo nuevo matrimonio, esta vez con Yolanda de Jerusalén, heredera al trono del Reino de Jerusalén. A fin de hacer valer los derechos de su esposa, consiguió deponer al entonces rey titular Jean de Brienne y ser reconocido como Rey de Jerusalén. Dos años más tarde Gregorio IX lo excomulga y condiciona el levantamiento de la excomunión a que haga penitencia marchando a Tierra Santa. Inicia los preparativos, pero en el último momento cancela su expedición aduciendo haber caído enfermo, algo que no convenció al papa. Finalmente en la primavera de 1228 inicia los preparativos para partir hacia Palestina aprovechando un momento de debilitamiento del poder musulmán en Oriente Próximo, pero consciente de que en su ausencia el papa reuniría a sus rivales en Alemania y Sicilia para desposeerlo de la Lombardía y de su Reino Meridional. Antes de partir Federico II convoca una asamblea pública en Barletta en la que nombra a Reinaldo de Urslingen, Duque de Suabia, su sustituto en Italia durante su ausencia, y en caso de su fallecimiento a su hijo Enrico rey de los Romanos. Tras estas decisiones, parte de Brindisi el 28 de junio en la sexta cruzada sin la bendición papal. Este acto fue visto por el papado como una provocación, pues se realizaba sin su consentimiento y por parte de un excomulgado; por todo ello, lo volvió a excomulgar. 

En Tierra Santa consigue que el sultán ayubí de Egipto al-Malik al-Kamil, nieto de Saladino, y con quien Federico mantenía muy buenas relaciones, firme una tregua de diez años a cambio de la posesión de los Santos Lugares Cristianos, entre ellos Jerusalén, Nazaret y Belén. Así pues Federico II reconquista Jerusalén sin que se haya derramado una gota de sangre y el 18 de marzo de 1229 se corona rey de Jerusalén en la basílica del Santo Sepulcro.

De regreso a Italia, en Brindisi Federico logró derrotar a las fuerzas pontificias y lombardas, expulsándolas de los territorios imperiales. Firmó en 1230 el Tratado de San Germano, por el que el Emperador aseguraba a la Iglesia sus posesiones territoriales a cambio de que el papa revocara su excomunión. Tras esta contienda, Federico, con el apoyo de las ciudades gibelinas de la Toscana (Pisa y Siena) y la Lombardía (Verona y Piacenza) consiguió un cierto dominio de Italia.

Federico II fue objeto de sorprendentes esperanzas escatológicas. De hecho, todo lo que los franceses habían esperado de los capetos y de Carlomagno, los alemanes lo esperaban de él. Al morir Federico Barbarroja en 1190, comenzaron a aparecer profecías en Alemania que hablaban de un futuro Federico, emperador de los últimos días, que liberaría el Santo Sepulcro y prepararía el camino para la segunda venida de Jesucristo. Su brillante personalidad y la reconquista de Jerusalén efectuada por él en 1229 favorecieron el nacimiento de un mito mesiánico.
Para sorpresa de todos aquellos que creían que Federico cumpliría su misión escatológica, el 13 de diciembre de 1250, diez años antes del pronosticado fin del mundo, Federico II muere de disentería, vistiendo el hábito de monje cisterciense, en Castel Fiorentino en Apulia.

Pronto comenzó a rumorearse que seguía vivo. Más aún, habría resucitado, pues había sido visto entrar en los cráteres del Etna, mientras un ejército de caballeros descendía hacia el embravecido mar siciliano. Tal leyenda dio pábulo para que muchos años después apareciera un pretendido Federico II resucitado, causando gran revuelo en Italia y Alemania, siendo a la postre ejecutado cuando la farsa fue descubierta.
Es Federico II una de las figuras más interesantes de la historia universal por sus cualidades extraordinarias y su carácter excéntrico, distinto a los hombres de su época y adelantado a ellos en casi todos los campos. Federico estaba dotado de una personalidad poliédrica y fascinante que en su época polarizó la atención no sólo del pueblo sino también de los historiadores. Su reinado se caracterizó por una intensa actividad legislativa así como por una innovación artística integradora, donde tenían cabida las culturas griega, latina, árabe y judía. Esta política fue, como cabía esperar, muy criticada por una Iglesia centralizadora.

MAG



sábado, 25 de enero de 2014

La Orden de Cluny y el Camino de Santiago

El 11 de septiembre de 909, el duque Guillermo I de Aquitania dona a 'los Santos Pedro y Pablo', esto es, a la Santa Sede, una propiedad en Cluny cerca de la ciudad de Mâcon para que se edificase un monasterio. El carácter de la donación implicaba la independencia del monasterio o abadía de Cluny respecto de cualquier poder laico o eclesiástico, lo que permite al abad Bernon, con monjes procedentes de las abadías de Gigny (Franco Condado) y de Baume (Jura), emprender una profunda renovación monástica volviendo a los principios de la regla fundada por San Benito de Nursia a mediados del siglo VI y poniendo el acento en la liturgia y la oración. De esta forma comienza la andadura de una de las organizaciones más decisivas en la historia de Occidente: la orden benedictina de Cluny.



El papa Juan XI confirmaría en el año 932 la independencia de los monasterios de Cluny. Gracias a esta exención, la orden benedictina de Cluny se sustraía tanto a la autoridad de la diócesis correspondiente como a la del rey de los francos y gozaba así del privilegio de la libertad romana, lo que constituiría la base de una verdadera supranacionalidad de la Orden estructurada jerárquicamente, frente a la habitual dispersión y disgregación que los monasterios benedictinos habían tenido hasta entonces.



Las abadías reformadas aceptaban la unión bajo una autoridad centralizada de la abadía de Cluny, a la que pagaban un censo anual, perdían generalmente el rango abacial y pasaban a ser simples prioratos. Tenían a la cabeza un gran prior y los grandes podían tener bajo su responsabilidad otros más modestos que eran dependientes de Cluny.


Cluny no se desvinculó de la mentalidad del feudalismo de su época. En el interior de la organización utilizaba conceptos feudales. La relación de cada monje con el abad de Cluny seguía un modelo del vasallaje. El señor del monasterio era el abad y cada monje en el momento de la profesión rendía homenaje al abad. La mayor parte de los monjes procedía de la nobleza. Los trabajos físicos eran realizados por los siervos, reservándose a los monjes la labor intelectual
-scriptoria- donde se realizaban la copia de manuscritos.



La Orden Benedictina de Cluny no sólo fue el mayor centro de difusión espiritual del cristianismo europeo medieval, sino también uno de los principales focos de la vida intelectual y artística de Occidente. Fue la cuna de muchos teólogos, moralistas, poetas e historiadores.




La arquitectura es otra muestra de la pujanza y el poder de Cluny contribuyendo decisivamente al esplendor del arte románico. Así, la tercera iglesia abacial edificada en Cluny entre 1088 y 1118, financiada por el rey de Inglaterra y el rey Alfonso VI de Castilla, puede considerarse como una de las obras cumbres del románico europeo. Cluny III era un enorme templo de casi 200 metros de longitud. Tenía un pórtico de tres naves precedido por dos torres. Desde este pórtico se accedía a la iglesia de cinco naves de gran altura, dos cruceros con dos capillas. La cabecera tenía una girola y cinco absidiolos. El crucero más cercano a la nave era más alto, largo y ancho. Tenían un gran número de ventanas, especialmente en la cabecera. No hay tribuna, pero se empiezan a utilizar los arbotantes. Tenía decoración de arquillos lombardos.



La gran cantidad de fundaciones de la Orden de Cluny tuvo relevantes consecuencias sociales, políticas, económicas e incluso militares en los distintos reinos. El siglo XI fue el de máximo esplendor para la Orden, debido en buena medida por la extrema longevidad y estabilidad de los mandatos de dos abades que abarcaron todo el siglo, el abad Odilón (994-1049) y Hugo el Grande (1049-1109). En el siglo XI la Abadía de Cluny llegó a contar entre 400 y 700 monjes, y extendía su absoluto dominio sobre 850 casas en Francia, 109 en Alemania, 52 en Italia, 43 en Gran Bretaña y 23 en la Península Ibérica, agrupando a más de 10.000 monjes en total, sin contar su innumerable personal subalterno.



El Papado no dudó en utilizar, siempre que tuvo ocasión, a la orden de Cluny como punta de lanza de su política de centralización y el símbolo de la reforma gregoriana, como fue el caso de la Península Ibérica, en donde la abolición del rito mozárabe y la reorganización eclesiástico-monástica estuvieron unidas íntimamente.



A partir del siglo XI la población europea logra salir del aislamiento de épocas anteriores e inicia una serie de contactos e intercambios que, en el campo religioso, llevarán a hacer de la peregrinación la forma más difundida de devoción El número de peregrinos aumenta extraordinariamente a Roma, a Jerusalén y a Santiago de Compostela.



Desde el siglo IX, el hallazgo de “las reliquias del apóstol”, difundido por Carlomagno que veía un modo de defender sus fronteras de la presión musulmana, hizo de Compostela - en el extremo Oeste europeo- un centro de peregrinaje. Pero el verdadero apogeo de la peregrinación jacobea, se produce, cuando la orden cluniacense, convierte el Camino de Santiago en el principal eje de difusión de sus ideas. Esta pasión fundadora de los llamados Monjes Negros es el factor determinante en la dinamización de la peregrinación jacobea.



Una labor apoyada, por otra parte, por los monarcas peninsulares, en su deseo de romper con el aislamiento con el resto de la Cristiandad, y establecer lazos dinásticos, culturales y religiosos. Los reyes de León, de Castilla y de Navarra, favorecerán en todo lo posible la constitución y proyección de la red de monasterios cluniacenses en el norte de España y singularmente alrededor del Camino. Gracias a las generosas donaciones realizadas por los monarcas hispanos en tierras, prioratos y villas, la orden de Cluny alzó puentes, hospitales, iglesias y monasterios, como San Zoilo en Carrión de los Condes, San Isidro de Dueñas (Palencia) y San Benito en Sahagún.



En el siglo XII, Aymeric Picaud, clérigo vinculado a Cluny, peregrinó a Santiago de Compostela, de cuya experiencia escribió el Liber Peregrinationis. Es una especie de guía del Camino de Santiago que acabó hacia el año 1140, incluida en el libro V del Códice Calixtino, también llamado "Liber Sancti Jacobi". Es considerada la primera guía turística de la historia.



Incluye un pormenorizado y exacto estudio del Camino de Santiago, con una visión muy particular, y en muchos casos despectiva de los pueblos ibéricos que atravesaba el Camino, reflejada en gran cantidad de detalles anecdóticos, descripciones de pueblos, avisos de peligros, etc., que actualmente son el mejor testimonio para el estudio de aquella etapa histórica.



Picaud dividía el itinerario, a través del camino francés, en trece etapas perfectamente delimitadas, cada una de las cuales se hacía en varios días, según el ánimo de cada grupo de peregrinos, a razón de unos 35 kilómetros diarios a pie, o casi el doble si era el caballo el medio de locomoción elegido. Señala las distancias entre pueblos, los santuarios y monumentos del trayecto, e incluye observaciones sobre gastronomía, potabilidad de las aguas, carácter de las gentes y costumbres de los pueblos.



Las riquezas acumuladas, gracias a los peregrinos, permitirían a un obispo emprendedor, Diego Gelmírez, conseguir que el papa Calixto II, tío del futuro emperador leonés Alfonso VII, otorgara a Santiago de Compostela la dignidad de arzobispado. También fue Calixto II quien instauró el Año Jacobeo, que habría de celebrarse cada año en el que el 25 de julio, festividad de Santiago Apóstol, coincidiese en domingo. Asimismo todos aquellos peregrinos que visitaran la tumba del Apóstol en el transcurso de un Año Jacobeo ganarían el Jubileo (Indulgencia plenaria). La conjunción de estos privilegios y el apoyo de la Orden de Cluny impulsaron en gran manera las peregrinaciones a Santiago de Compostela durante toda la Edad Media.

MAG


jueves, 16 de enero de 2014

Pedro Abelardo, pensador inconformista del siglo XI

Ya a finales de la travesía del desierto cultural en Europa entre los siglos VIII a XI surge la figura de Pedro Abelardo (Pierre Abélard), como un importante contribuyente al método escolástico, un ilustrado oponente del oscurantismo y un continuador del renacimiento del saber que tuvo lugar en la época carolingia.

Pedro Abelardo  nació en 1079 en Pallet, cerca de Nantes (Francia), en el seno de una familia noble bretona. Abelardo desdeña el oficio de las armas propio de su condición y, a los 20 años de edad, tras una educación básica recibida de su padre y de otros maestros en Tours, se desplaza a París donde recibe enseñanzas en la escuela catedralicia de Notre-Dame del prestigioso maestro Guillermo de Champeaux (Guillaume de Champeaux), defensor del realismo aristotélico, quien se vio obligado a modificar ante la brillante argumentación de su discípulo partidario del nominalismo.

Se opone a las enseñanzas de su maestro en la famosa 'Querella de los Universales' (Querelle des Universaux), intentando responder la pregunta de Porfirio: los universales, ¿existen en la realidad o solamente en el pensamiento?. Abelardo sostiene que el universal es aquello que puede predicarse de varias cosas, y no hay cosas que puedan predicarse de otras, ya que cada una es ella misma. Por lo tanto, la universalidad no puede atribuirse a las cosas sino sólo a las palabras, es una función lógica de determinadas palabras (ya que también hay palabras particulares, que sólo pueden predicarse de un individuo, como por ejemplo un nombre propio).

Su antiguo maestro es nombrado obispo de Chalons-sur-Marne, y Abelardo ascendido a jefe de la escuela de París, donde alcanzó el apogeo de su celebridad.

Destaca Pedro Abelardo por la originalidad de su pensamiento y funda una escuela de retórica y de teología. Sus ideas se propagan rápidamente entre los intelectuales, quienes lo consideran como uno de los más brillantes filósofos de su generación. Su escuela atrae a más de 3000 oyentes de todas las naciones de Europa, entre ellos al que sería Papa con el nombre de Celestino II.  El historiador Charles de Rémusat escribe: «Por todas partes se hablaba de él; desde Bretaña, desde Inglaterra, del país do los Suevos y de los Teutones venían gentes a oírle: la misma Roma llegó a enviarle alumnos. Los transeúntes se detenían a su paso para contemplarle; los vecinos de las casas bajaban a sus puertas con el fin único de verle, y las mujeres levantaban las cortinas que cubrían los vidrios ruines de sus estrechas ventanas. Habíale adoptado París por hijo suyo y le consideraba como a su lumbrera más esclarecida. Enorgullecíase en poseer a Abelardo y celebraba unánime este nombre, cuyo recuerdo, aun después de siete siglos, es popular todavía en la ciudad de todas las glorias y de todos los olvidos. Pero no brilló solamente en la escuela. Abelardo conmovió la Iglesia y el Estado y ocupó preferentemente la atención de dos grandes concilios.»

Abelardo fue precursor del proceso histórico por el que creció la influencia de Aristóteles respecto de la de Platón en la teología cristiana. La aplicación a los estudios teológicos de la dialéctica trajo el espíritu de análisis y controversia que es al propio tiempo el defecto y la honra de la escolástica. Pedro Abelardo puede ser considerado en justicia como el primero que hizo esta aplicación y, por consiguiente, como el fundador de la filosofía de la Edad Media. La principal tesis dialéctica de Abelardo es que la verdad debe alcanzarse sopesando con rigor todos los aspectos de una cuestión y se presentó en Sic et Non (Así y de otra forma). En ella presenta afirmaciones de las Sagradas Escrituras y de los Padres de la Iglesia aparentemente contradictorias. Con ello busca mostrar que no debe utilizarse el criterio de autoridad en Teología de un modo arbitrario. Este método será retomado por Tomás de Aquino en su Summa Theologicæ, donde cada afirmación se presenta con las autoridades que se manifiestan a favor y en contra, para luego arribar a una solución. Si bien es cierto que Pedro Abelardo tuvo un exagerado optimismo sobre la capacidad de la razón para comprender los dogmas, intentando incluso interpretar racionalmente el de la Santísima Trinidad, no es menos cierto que consideraba que la autoridad de la fe está por encima de la razón, y que la finalidad principal de ésta es esclarecer las verdades de fe y refutar a los infieles. 



Sin embargo, Abelardo es conocido por el gran público no por sus escritos de lógica o de teología, sino por su trágica relación sentimental con Eloísa (Héloïse), una de sus jóvenes pupilas, quien destacaba no sólo por su belleza sino también por su inteligencia y sus conocimientos. El canónigo de la catedral de París, Fulberto, tío y tutor de Eloísa desde el fallecimiento de sus padres, consciente de la brillantez de su sobrina, desea prepararla para el matrimonio con algún miembro de la nobleza. A tal fin, nombra al maestro Abelardo preceptor de Eloísa alojándolo en su propia casa. Pronto la admiración de la joven por su preceptor da paso a una relación amorosa entre ambos, fruto de la cual nace un niño al que ponen el nombre de Astrolabio, pues Eloisa aseguraba que la concepción se había producido la tarde en que el temario de las clases señalaba el estudio del astrolabio.

El canónigo Fulberto propone que Abelardo y Eloísa contraigan matrimonio. Abelardo accedió de buena gana a la proposición de Fulberto; pero Eloísa, que temía que la divulgación de su matrimonio pudiese perjudicar la carrera universitaria de Abelardo se opuso de manera radical a la boda. Al final cedió con la condición de mantenerlo secreto. Con esta reserva el matrimonio se celebró en París. El airado tío, tras esta primera victoria en la lucha por restaurar el honor perdido, presionó para dar publicidad al vínculo y de esta manera normalizar la situación a los ojos de la sociedad. Era el año 1118.

De nuevo se opuso Eloísa, quien llega a realizar un juramento formal de que jamás se hubiera casado. Fulberto, creyendo que Abelardo quería obligarla a hacerse monja para librarse de ella, juró vengarse, y en breve encontró medio de ejecutar su feroz venganza. Sobornó a un criado del filósofo para que les franquease el paso, y una noche, entrando con dos facinerosos en el cuarto de Abelardo, le castran huyendo a continuación.

El escándalo es enorme pues se ha aplicado un castigo reservado a los adúlteros. Tratándose además de una venganza particular cometida en el seno capitular de Notre-Dame, la consternación se propaga por toda Francia. A los dos malhechores se les aplica la Ley del Talión después de sacarles los ojos. A Fulberto se le suspende de sus órdenes, se le confiscan todos sus bienes y es desterrado.

Eloísa permanece en el convento de Argenteuil donde poco después toma los hábitos aunque sigue manteniendo correspondencia con su marido entre los años 1132 y 1135, quien, incapacitado para ejercer oficios eclesiásticos, se vio obligado a ingresar como fraile en el monasterio de San Dionisio (Saint-Denis).

Los discípulos de Abelardo suplicaron con grandes instancias a su maestro que reanudase sus lecciones: él accedió por último y abrió desde luego en Saint-Denis su cátedra, que trasladó muy pronto a Saint-Ayoul, cerca de Provins. Renováronse entonces los triunfos y las glorias de Pedro Abelardo, cuyo resultado fue despertar envidias y producir celos en los demás maestros. Inspirados acaso por fervor religioso, quizás también por espíritu de venganza, tal vez obedeciendo a sugestiones del uno y del otro, todos ellos se declararon unánimemente contrarios a las doctrinas expuestas por Abelardo en su obra De unitate et trinitate divina que trataba sobre el dogma trinitario: “Lo compuse a requerimiento de los alumnos mismos que me pedían razones humanas y filosóficas, que se entendieran mejor que se expresaran. Me decían que es superfluo proferir palabras a las que no sigue la compresión o la inteligencia. Ni se puede creer nada si antes no se entiende.” El libro fue condenado y tuvo que ser quemado de manos del propio Abelardo en el Concilio de Soissons de 1121 debido a que su explicación les pareció errónea a los teólogos del Concilio. Abelardo, por su parte, fue recluido en el monasterio de San Medardo (en Soissons), desde donde poco después fuera enviado a Saint-Denis, del que tiene que huir por discrepancias con los propios monjes del monasterio.

Buscando asilo, Abelardo, decide retirarse esta vez a una pequeña ermita cercana a Troyes donde, seguido por sus estudiantes, funda una escuela que llama el Paráclito. En 1125 fue elegido abad por los monjes de Saint-Gildas-de-Rhuys, en la Bretaña más occidental, pero de nuevo surgen discrepancias con los monjes que hacen que se vaya del monasterio. En 1129 regresa al Paráclito donde funda un monasterio de religiosas con la aprobación de Inocencio II en 1131 y del cual hizo abadesa a Eloísa. Durante esta época escribe la Historia calamitatum, su autobiografía.

Abelardo fue también un precursor del diálogo intercultural con su obra inacabada “Diálogo entre un filósofo, un judío y un cristiano (”Dialogus inter Philosophum, Judaeum et Christianum") . En la evolución de la ética, la mayor contribución de Abelardo fue sostener que un acto debe ser juzgado por la intención que guía a quien lo realiza.

Pedro Abelardo escribió sobre ética, teología y dialéctica, así como poesía e himnos religiosos. Dotado también para la música, Abelardo compone para Eloísa canciones de amor e himnos para la abadía del Paráclito, donde Eloísa es la abadesa, muy valorados como música medieval. Componía también en lenguaje sencillo y aun vulgar, canciones que solazaban extraordinariamente a las damas y divertían sobremanera a los estudiantes.

A medida que eran mayores los progresos de su escuela, se acrecentaba también la hostilidad contra el fundador. Entre los nuevos enemigos de Abelardo, el más vehemente fue Bernardo de Claraval (Bernard de Clairvaux), abad de Clairvaux, punto poco distante del Paráclito. 

En muy poco tiempo San Bernardo había reunido en aquel lugar, bajo la ley de piedad ardiente y de una vida severa, muchos sombríos cenobitas que en su presencia temblaban: tanto era el respeto, el miedo y el amor que a un tiempo mismo les inspiraba. Por contra, la escuela fundada por Abelardo venía a ser como una tribu libre que acampaba en despoblado solamente por gustar el placer de aprender y de admirar, de buscar la verdad en la contemplación de la naturaleza, y que veía en la religión antes una ciencia que una institución; más que una causa, un sentimiento. Como San Jerónimo en el desierto, Abelardo, según él mismo dice, se complacía en este contraste de la vida campestre y ruda del cuerpo con los refinamientos de la ciencia y las delicadezas del espíritu.

Dos escuelas establecidas en lugares tan próximos y que desarrollaban principios tan diferentes no podían dejar de ser rivales; más aún, enemigas.

Más tarde, Abelardo se introduce en el campo de la teología, aplicando el método dialéctico en su estudio lo que desembocará un siglo más tarde en la escolástica. En teología la doctrina de Pedro Abelardo se basa en el principio de que es imposible alcanzar el conocimiento del mundo sin repudiar el realismo de las cosas. Sus innumerables innovaciones en materia de la fe escandalizan a Bernardo de Claraval, quien consigue que en 1140 el concilio de Sens condene a Pedro Abelardo por el escepticismo y racionalismo de 17 de sus postulados. Abelardo, que desea defenderlos ante el Sínodo, no lo consigue y se dirige a Roma en cuyo camino acepta la hospitalidad de Pedro el Venerable, abad de Cluny, quien le retuvo durante algunos meses hasta que consigue para Abelardo el perdón del papa, y llegó hasta reconciliar a Abelardo con San Bernardo. 

Sin embargo, sus fuerzas disminuían rápidamente y una enfermedad muy dolorosa de la piel le privaba de reposo. Se le aconsejó el cambio de aires y fue enviado al priorato de San Marcelo, cerca de Chalons. En aquel alejamiento del mundo continuó su vida de aplicación y de estudio. A pesar de su debilidad y de sus sufrimientos no pasaba un momento sin rezar o leer, sin dictar o escribir. De pronto sus dolencias crónicas tomaron un carácter alarmante y murió resignado y tranquilo a la edad de sesenta y tres años el 21 de abril de 1142.

Cinco fueron las sepulturas en las que se enterraron los restos de Abelardo. La primera en el propio Priorato benedictino de Cluny, donde falleció, desde abril a diciembre de 1142. Desde 1142 hasta 1792 en la abadía del Paráclito, cerca de Troyes, donde Eloísa vivió sus últimos años y murió. De 1792 a 1800 los restos de Abelardo y Eloísa son trasladados a la iglesia de Nogent-sur-Seine, en la orilla izquierda del Sena. La cuarta sepultura de Abelardo y tercera de Eloísa en el convento de los Agustinos Menores en París y finalmente desde 1817 hasta nuestros días los restos de Abelardo y Eloísa reposan en el panteón diseñado por el arquitecto Alexandre Lenoir en el cementerio del Père-Lachaise, en el distrito XX parisino. Tardío reconocimiento popular a este extraordinario pensador inconformista y a su pareja, que vivieron y sufrieron en pleno Medioevo.

lunes, 13 de enero de 2014

Alcuino de York, foco cultural en el siglo VIII

Aceptando gustosamente la propuesta que nos hizo el Profesor Abella, en su primera clase de este año, que, recordaréis, consistía en buscar las escasas aportaciones culturales en Europa durante los siglos VIII al XI, me centré, como él mismo sugirió, en el único reducto cultural de la Alta Edad Media, las Islas Británicas, donde destacaron Beda el Venerable (Venerable Bede) (672-735) y Alcuino (Alcuin) de York (735-804), tutelado por uno de los discípulos de aquél, el arzobispo Ecgbert.

Si bien la obra de Beda es ingente en tres planos distintos: el gramatical y científico, el de comentario de los textos sagrados y el histórico-biográfico, su enfoque parte de una visión más bien local, como no podía ser de otra forma, ya que jamás salió de Wearmouth-Jarrow.

La aportación de Alcuino de York, por contra, se sintió especialmente en el Continente y es por lo que me he decidido a cumplir el encargo escribiendo sobre su figura. 




Alcuino se formó en escuela de York, renombrada en la época como el centro de enseñanza de las artes liberales, literatura y ciencias, de la que llegó a ser director en el 778. Entusiasmado con la adquisición de libros, dotó a este centro de una magnífica biblioteca y lo convirtió en uno de los focos intelectuales más importantes de Europa.

La fama de la sabiduría de Alcuino se había extendido tanto que el  rey Carlomagno (742-812) le llamó para que asistiera a una reunión que había de congregar a los principales eruditos del momento.

En el año 781, el rey Elfwald de Northumbria envió a Alcuino  a Roma para trasladar su solicitud de ascender a arzobispado el obispado de York. En el viaje, y en concreto en la ciudad de Parma, Alcuino se encontró de nuevo con Carlomagno, quien insistió y logró que aquél aceptara dirigir la Schola palatina de su corte en Aquisgrán, de la que ya formaban parte otros ilustres maestros, como Piero de Pisa, Paulino de Aquileia, Rado y el abad Fulrad. En realidad, el proyecto de Carlomagno era mucho más ambicioso, ya que deseaba que el sabio inglés transmitiera a los francos el conocimiento de la cultura latina que había existido en la Inglaterra anglosajona y reorganizase por completo el sistema educativo en lo que muy pronto habría de ser el vasto Imperio carolingio, dirigiendo así la propagación de la cultura por todos los territorios que quedaban bajo su mando.

Alcuino de York aceptó la dirección de la Escuela palatina, cuyos primeros alumnos fueron el propio Emperador y sus hijos. Al igual que hiciera con la escuela episcopal de York, el sabio inglés convirtió este centro en el foco cultural más importante de Europa. Allí desarrolló una de las actividades por las que habría de pasar a la Historia: la invención de las letras minúsculas del alfabeto carolingio, un modelo de escritura cuya claridad, elegancia y simpleza favoreció sobremanera su difusión y, por ende, la propagación de los conocimientos.

Alcuino también participa de forma activa en las reuniones de la llamada Academia palatina, donde las mentes mejor dotadas de la Corte debaten bajo la presidencia del rey. La influencia que alcanzó sobre Carlomagno y su entorno, le convirtieron en el guía cultural de la monarquía franca: no sólo inspiró las reformas de la educación y la ortografía, cultivando la gramática, la retórica, la dialéctica y la aritmética, sino que también promovió la lucha contra la herejía adopcionista, propugnada por el obispo de Toledo, Elipando, quien afirmaba que la persona del Hijo de Dios no es la misma que la persona del hijo de José, y que al principio Cristo sería solamente hijo de María para más tarde ser adoptado por Dios Padre. Alcuino, como teólogo, intervino en el año 794 en el Concilio de Frankfurt donde defendió con brillantez la necesidad de que la Cristiandad rechazase de plano el adopcionismo.

Durante su etapa en Aquisgrán, Alcuino de York dirigió la realización de uno de los grandes tesoros bibliográficos de todos los tiempos: los Evangelios de Oro. Esta obra -sin duda alguna, la más valiosa entre el corpus de los denominados "códices carolingios"- comprende una serie de volúmenes escritos con letras de oro sobre un fondo de vitela púrpura coleada, e iluminados con bellísimas miniaturas. Al margen de estos trabajos de caligrafía y edición, Alcuino desplegó en la Escuela Palatina de Aquisgrán una intensa actividad educativa que le convirtió en uno de los grandes pedagogos de todos los tiempos. Elaboró muchos manuales de enseñanza, algunos de los cuales se conservan en la actualidad, como los titulados Grammatica, De orthographia, Dialectica y Dialogus de rethorica et virtutibus. En estas obras, Alcuino recurrió al sistema de preguntas y respuestas profusamente utilizado más tarde por Tomás de Aquino.

En su condición de intelectual y pensador, Alcuino prestó una singular atención al estudio de la Filosofía y la Teología, materias que abordó en algunos tratados, como De sanctae et individuae Trinitatis, De animae ratione (probablemente, su obra más personal, en la que presenta su propia teoría sobre la sensación fundada en el sujeto que siente) y De virtutibus et vitiis. Además, dirigió una notable revisión comentada de la Biblia (conocida como Biblia Alcuini o Biblia Caroli Magni), aprobada en el concilio de Maguncia en 813, y que durante más de tres siglo fue reconocida por la Iglesia como texto fundamental. Según una vieja tradición cristiana, Alcuino de York es considerado como el creador de la festividad de Todos los Santos. Y escribió, asimismo, una rica y variada cantidad de cartas que, recogidas luego en su Epistolario, configuran uno de los grandes pilares del conocimiento humano en la Alta Edad Media.

Alcuino, apasionado por la Aritmética, sostuvo que la creación del mundo se había llevado a cabo en seis días (recuérdese que, según las Escrituras, el Sumo Creador empleó el séptimo para  entregarse al descanso) porque el 6, y no otro, era, por excelencia, el número perfecto, ya que era igual a la suma de todos sus divisores. Y este requisito lo cumplía cabalmente el 6= 1 + 2 + 3,  es divisible por 1, 2 y 3.

Entre sus obras más notables dentro del campo de la Matemática y la Lógica, figura la titulada Propositiones ad Acuendos Juvenes, una colección de cincuenta y tres problemas recreativos que, en la actualidad, siguen conservando un gran interés como el conocido problemas de "El barquero, el lobo, la cabra y la col" o el problema LII, que se siguen empleando en las Facultades de Matemáticas para plantear complicados argumentos. 


En el año 796 Alcuino de York rogó al Emperador que le dispensara de sus labores docentes, pues su condición de sexagenario le aconsejaba buscar un apacible retiro donde poder descansar. Marchó entonces, con el beneplácito de la Corte de Aquisgrán, a la abadía de San Martín, en la localidad de Tours, donde asumió la dignidad de abad, fundando una academia de filosofía y teología tan innovadora que mereció la calificación de 'Madre de la Universidad'. Además los monjes de la abadía de Tours copiaron en letra minúscula carolingia numerosos tratados de la Antigüedad. Alcuino de York favoreció asimismo la multiplicación de scriptoria en otros monasterios para la difusión de los textos sagrados y de las obras profanas de la antigüedad grecolatina.

Entregado -según el bello testimonio personal que dejó escrito en su vejez- a la infatigable labor de acercar a unos la miel de las Sagradas Escrituras, y a emborrachar a otros con los vinos añejos de la Antigüedad, pasó el resto de su vida en la abadía de San Martín, donde la muerte le sorprendió en la primavera del 804, próximo ya a cumplir los setenta años de edad. Enterrado en la iglesia de la abadía, su epitafio reza así:

Dust, worms, and ashes now
Alcuin my name, wisdom I always loved,
Pray, reader, for my soul.



MAG

jueves, 2 de enero de 2014

Osio de Córdoba y el Concilio de Nicea


Siempre me asombró que el credo de la fe, posiblemente la oración más rezada durante más de 16 siglos por cristianos siríacos, coptos, ortodoxos, luteranos, anglicanos, ..., y católicos había sido redactada por un obispo hispano-romano, el cordobés Osio. Me refiero naturalmente al Credo de Nicea.


Osio nació en el año 257 en Córdoba, donde fue nombrado su obispo en el 296. Fue torturado durante las persecuciones de Diocleciano y Maximiano. Por contra, Constantino I lo nombró consejero para asuntos eclesiásticos, acompañando al emperador a Milán en el año 313, siendo posiblemente el artífice de su Edicto de Milán, por el que se permitió a los cristianos practicar su culto en todo el Imperio Romano. A partir de este momento, el emperador centra su esperanza en que la Iglesia pueda convertirse en una fuente de unidad para su atribulado imperio. El emperador no estaba interesado tanto en los detalles de la doctrina como en finalizar las disputas por desacuerdos religiosos entre los cristianos. Y así lo dejó escrito: "Mi designio era, entonces, primeramente traer los diversos juicios encontrados por todas las naciones con relación a la Deidad a una condición, por así decirlo, de uniformidad acordada; y, en segundo lugar, restaurar un tono saludable al sistema del mundo . . .".


A fin de zanjar la polémica trinitaria, entre las posturas de Arrio frente a Atanasio, y restablecer la unidad doctrinal de la Iglesia, que era ya un asunto de Estado, en el año 325 el emperador convocó el concilio ecuménico en Nicea (actualmente Iznik en Turquía) cerca de su residencia de Nicomedia. Este fue el primer concilio general de la historia de la Iglesia cristiana, a excepción del llamado concilio de Jerusalén del siglo I, que había reunido a Pablo de Tarso y sus colaboradores más allegados con los apóstoles de Jerusalén encabezados por Santiago el Justo, hermano de Jesús, y Pedro.


Al Concilio de Nicea asistieron unos 300 obispos, de los que sólo cuatro pertenecían a la iglesia de Occidente, entre ellos Osio. El obispo de Roma, el papa Silvestre, ya muy anciano se hizo representar por dos sacerdotes, Víctor y Vincentius.


El Concilio se desarrolló del 20 de mayo al 25 de julio del año 325. En él participaron algunos obispos, como Osio, que tenían en sus cuerpos las señales de los castigos que habían sufrido por mantenerse fieles en las persecuciones pasadas todavía muy recientes. El emperador Constantino, que por esas fechas aún no se había bautizado, facilitó la participación de los obispos, poniendo a su disposición los servicios de postas imperiales para que hicieran el viaje, y ofreciéndoles hospitalidad en Nicea.


La apertura del Concilio se realizó por el Emperador con gran solemnidad. Después de ser saludado en una breve alocución, Constantino pronunció un discurso en latín, expresando su deseo de que se restableciera la paz religiosa. El emperador abrió la sesión en calidad de presidente honorífico y, además, asistió a las sesiones posteriores, pero dejó la dirección de las discusiones teológicas en manos de su consejero el obispo Osio de Córdoba, quien presidió el Concilio, asistido por los dos representantes del Papa. En aquella época, el emperador estaba bajo la influencia de Osio, a quien, junto con San Atanasio, hay que atribuir una influencia preponderante en la formulación del símbolo del Concilio de Nicea, el Credo de la Fe. El documento, redactado en su versión definitiva por Osio, “Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador de todas las cosas...” fue firmado por él y a continuación circulado para la firma de los obispos por los funcionarios imperiales. Todos los obispos, salvo cinco, se declararon prestos a suscribir dicha fórmula, convencidos de que contenía la antigua fe de la Iglesia Apostólica. Los oponentes quedaron pronto reducidos a dos, Teón de Marmárica y Segundo de Tolomeo, que fueron exiliados y anatematizados. Arrio y sus escritos fueron también marcados con el anatema, sus libros fueron arrojados al fuego y él fue exiliado a Iliria. Una vez acabadas las sesiones del Concilio, Constantino celebró el vigésimo aniversario de su ascensión al Imperio e invitó a los obispos a un espléndido banquete, al final del cual cada uno recibió ricos presentes. Varios días después el emperador solicitó que tuviera lugar una sesión final, a la cual asistió para exhortar a los obispos a que trabajaran para el mantenimiento de la paz; se encomendó a sus oraciones y autorizó a los padres de la Iglesia a que regresaran a sus diócesis y así lo hizo Osio.


Muerto Constantino (337), en el año 355 el Emperador Constancio II, convertido al arrianismo y temeroso de la influencia de Osio, intentó acabar con su firmeza, respondiendo éste a las amenazas del Emperador con una carta en la que le comunicaba su disposición a padecer tormento antes que ser traidor a la verdad. Esta contestación irritó a Constancio II, quien le hizo comparecer ante un concilio arriano, donde fue azotado y atormentado. Los hechos relacionados con los últimos días de su vida están lejos de ser claros. Firmó, bajo presión, la declaración conocida como la segunda fórmula sirmiense (la primera era la profesión de fe de 351) que fue publicada como la fórmula de Osio. Rehusó, sin embargo, abandonar a Atanasio que habla de él como lapso “por un momento”. Tras haber servido al propósito por el que los arrianos le habían traído a Sirmium probablemente volvió a España donde murió a los 101 años de edad.


La Iglesia ortodoxa griega lo venera como santo el día 27 de agosto.

Osio es el primer biografiado del Liber de viris illustribus de san Isidoro de Sevilla.

Feliz Año 2014
MAG