Marsilio
de Padua
(Marsilio
da Padova),
filósofo, pensador político, médico y teólogo,
nació
en Padua
entre los años 1275 y 1280 de una familia de jueces y notarios.
Estudió en la Universidad de Padua, donde su padre era notario, y
completó sus estudios en la Facultad de Artes de la Universidad de
París, donde fue rector en 1313. El tiempo transcurrido en esta
ciudad influyó en gran medida en la evolución de su pensamiento. En
París conoció a William of Ockham y a Giovanni Jandum; con éste
último permaneció vinculado en gran amistad y con él llegó a
sufrir el exilio.
Marsilio
se encontraba en París cuando se desarrolló la lucha entre Felipe
IV de Francia (Philippe
le Bel
) y el Papa Bonifacio VIII. Esto, junto al vivo contexto cultural en
el cual se movía, lo lleva a la compilación de su obra capital el
Defensor
Pacis,
obra a la cual debe su fama y que influyó enormemente en el
pensamiento político-filosófico de su tiempo y en el sucesivo.
Marsilio
siguió a Luis IV de Baviera, emperador del Sacro Imperio Romano
Germánico, del cual fue consejero político y eclesiástico, hasta
Roma, donde fue nombrado por el mismo Luis vicario espiritual de la
ciudad. Desde esta posición aplicó la supremacía del poder
político sobre el poder espiritual.
Se
puede definir a la obra de Marsilio como el producto de tiempos en
los cuales confluían las virtudes del ciudadano, el nacionalismo
francés y el imperialismo alemán, permaneciendo, sin embargo, ajeno
a toda parcialidad y dotada de amplia autonomía y objetividad.
Marsilio
de Padua nos presenta la felicidad temporal como el bien más propio
del hombre. Y ¿cuál es el elemento fundamental necesario para
conseguir un estado de felicidad y paz en esta vida?. La respuesta de
Marsilio apunta inevitablemente a la comunidad civil como marco
ineludible, pero a la vez suficiente. Y apoya su afirmación en
Aristóteles, concretamente en un pasaje de la Política acerca
de la tendencia natural del hombre a vivir en el seno de la comunidad
civil. Pues bien, si el fin de la comunidad civil es la tranquilidad,
la paz y el bienestar temporal, es lógico que Marsilio analice
exhaustivamente el origen y estructura de la misma.
El
Defensor
pacis
escrito en 1324 es la obra más conocida de Marsilio de Padua. Su
fundamento es el concepto de paz entendida como base indispensable
del Estado y como condición esencial de la actividad humana. Se
trata de una obra laica, privada de retórica, moderna y todavía
actual. La necesidad del Estado no desciende ya de fines
ético-religiosos, sino de la naturaleza humana en la búsqueda de
una vida
suficiente
y de la exigencia de realizar finalidades reales, contingentes e
históricas. En la base del ordenamiento se encuentra la voluntad
común de los ciudadanos, superior a cualquier otra voluntad.
Distingue
la soberanía que radica en la universitas
civium
o conjunto del pueblo y la pars
principans,
que equivaldría al poder ejecutivo ejercitado por el príncipe, como
un poder delegado, ejercitado en nombre de la voluntad común. El
dualismo de la teoría marsiliana entre príncipe y pueblo es análogo
al que se puede encontrar en el derecho germánico, pero con la
diferencia de que, para Marsilio, el poder del pueblo es superior al
del príncipe, y esto se manifiesta en el poder de vigilancia que el
pueblo tiene sobre la actividad del príncipe, poder que puede llegar
incluso a la deposición del mismo.
Es
el principio de la soberanía
popular
que hace moderno y actual a Marsilio. Afirma fuertemente el principio
de la ley como producto de la comunidad de los ciudadanos, dotada de
imperatividad y coactividad además de ser inspirada en un ideal de
justicia. Este ideal de justicia se deriva del consorcio o asociación
civil, el único sujeto que puede establecer lo que es justo y lo que
no. Para Marsilio el hombre debe ser concebido como libre y
consciente; este concepto destaca a Marsilio como faro de la
libertad en el Medioevo.
El
pensamiento político de Marsilio de Padua representa un esfuerzo sin
precedentes
por dar un fundamento racional al poder. Dos siglos antes que Maquiavelo, Marsilio
había formulado ya una teoría política distinta de la tradicional en el pensamiento
medieval y había dado por vez primera una explicación autónoma del poder, sin recurrir
a un orden o a una ley superior para justificar su existencia. Marsilio sostiene que el Estado no tiene una finalidad moral, sino sólo política; y que el príncipe o gobernante tiene la tarea de
garantizar su funcionamiento sirviéndose de la fuerza coactiva.
por dar un fundamento racional al poder. Dos siglos antes que Maquiavelo, Marsilio
había formulado ya una teoría política distinta de la tradicional en el pensamiento
medieval y había dado por vez primera una explicación autónoma del poder, sin recurrir
a un orden o a una ley superior para justificar su existencia. Marsilio sostiene que el Estado no tiene una finalidad moral, sino sólo política; y que el príncipe o gobernante tiene la tarea de
garantizar su funcionamiento sirviéndose de la fuerza coactiva.
Algunos
han visto en Marsilio un profeta que se adelantó a los signos de su
tiempo, y lo consideraron un precursor de la Reforma protestante,
el paladín de la libertad de conciencia,
el primero que confiere a la civitas
las características del
Estado moderno y el primero, en fin, en quien se encuentra una
definición lógica del Derecho, anticipándose a las teorías más
modernas sobre el mismo. Esta misma visión profética ha
determinado que algunos hayan visto en él al precursor de la teoría
de la separación de poderes.
Pero
su mayor contribución teórica radica en:
- su defensa a ultranza de la independencia del Estado, concebido como producto humano, totalmente separado de premisas teológicas como el pecado, y
- la sumisión del poder espiritual al mismo, hasta tal punto que el motivo principal que anima todo su pensamiento jurídico y político se orienta hacia una crítica radical de la teoría de la plenitudo potestatis, para afirmar el derecho y la autosuficiencia de la sociedad civil.
Reconoce
a la Iglesia como institución y establece como diferencia entre el
Estado clerical y el Estado laico el hecho de que aquél está
revestido del poder sacerdotal, en orden a la administración de los
sacramentos, por lo que, en este aspecto le es reconocida a la
Iglesia una cierta autonomía; sin embargo, es a todas luces
exagerado aplicar el término soberanía al poder de la Iglesia,
puesto que la intención permanente de Marsilio es la de combatir el
dualismo de poder imperante en la Edad Media y reducirlo a la unidad
del poder temporal. Niega el poder del Obispo de Roma sobre la
Iglesia y sobre la jerarquía eclesiástica afirmando que la fuente
de todo poder es la universitas
fidelium
a la cual compete el nombramiento de los ministros de culto. Y puesto
que la comunitas
fidelium
es la misma comunitas
civium
del Estado, la fuente de todo poder es igual: el pueblo.
La
división institucional —que no de soberanía— propuesta por
Marsilio de Padua responde en realidad a la doble finalidad a la que
el hombre puede aspirar: la felicidad temporal, que no puede
conseguirse sino a través de la concordia civil, cuya condición
primera es la paz y que se hace efectiva cuando los diversos órganos
del Estado se complementan sin dejar de cumplir la misión que a cada
uno compete, y, por otra parte, la felicidad eterna, esperanza del
creyente. La posibilidad de armonizar estos fines del hombre es,
igualmente, una de las preocupaciones básicas de Marsilio.
La
vocación teocrática del Papado estaría en el centro de las
continuas disputas que se sucedieron entre los dos poderes, el regnum
y el sacerdotum, y que llega a una situación
especialmente conflictiva con Luis de Baviera y Juan XXII: cuando el
primero consigue consolidar su título imperial y se decide a
intervenir en Italia con el ánimo de someterla a su dominio, se
encuentra con la respuesta del papa, que lo excomulga en
1324.
Tras
el fracaso de la empresa romana de Luis IV de Baviera, Marsilio de
Padua le siguió a Alemania, donde permaneció hasta su muerte
ocurrida entre 1342 y 1343.
MAG

No hay comentarios:
Publicar un comentario