lunes, 17 de marzo de 2014

Marsilio de Padua



Marsilio de Padua (Marsilio da Padova), filósofo, pensador político, médico y teólogo, nació en Padua entre los años 1275 y 1280 de una familia de jueces y notarios. Estudió en la Universidad de Padua, donde su padre era notario, y completó sus estudios en la Facultad de Artes de la Universidad de París, donde fue rector en 1313. El tiempo transcurrido en esta ciudad influyó en gran medida en la evolución de su pensamiento. En París conoció a William of Ockham y a Giovanni Jandum; con éste último permaneció vinculado en gran amistad y con él llegó a sufrir el exilio.

Marsilio se encontraba en París cuando se desarrolló la lucha entre Felipe IV de Francia (Philippe le Bel ) y el Papa Bonifacio VIII. Esto, junto al vivo contexto cultural en el cual se movía, lo lleva a la compilación de su obra capital el Defensor Pacis, obra a la cual debe su fama y que influyó enormemente en el pensamiento político-filosófico de su tiempo y en el sucesivo.

Marsilio siguió a Luis IV de Baviera, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, del cual fue consejero político y eclesiástico, hasta Roma, donde fue nombrado por el mismo Luis vicario espiritual de la ciudad. Desde esta posición aplicó la supremacía del poder político sobre el poder espiritual.

Se puede definir a la obra de Marsilio como el producto de tiempos en los cuales confluían las virtudes del ciudadano, el nacionalismo francés y el imperialismo alemán, permaneciendo, sin embargo, ajeno a toda parcialidad y dotada de amplia autonomía y objetividad.

Marsilio de Padua nos presenta la felicidad temporal como el bien más propio del hombre. Y ¿cuál es el elemento fundamental necesario para conseguir un estado de felicidad y paz en esta vida?. La respuesta de Marsilio apunta inevitablemente a la comunidad civil como marco ineludible, pero a la vez suficiente. Y apoya su afirmación en Aristóteles, concretamente en un pasaje de la Política acerca de la tendencia natural del hombre a vivir en el seno de la comunidad civil. Pues bien, si el fin de la comunidad civil es la tranquilidad, la paz y el bienestar temporal, es lógico que Marsilio analice exhaustivamente el origen y estructura de la misma.


El Defensor pacis escrito en 1324 es la obra más conocida de Marsilio de Padua. Su fundamento es el concepto de paz entendida como base indispensable del Estado y como condición esencial de la actividad humana. Se trata de una obra laica, privada de retórica, moderna y todavía actual. La necesidad del Estado no desciende ya de fines ético-religiosos, sino de la naturaleza humana en la búsqueda de una vida suficiente y de la exigencia de realizar finalidades reales, contingentes e históricas. En la base del ordenamiento se encuentra la voluntad común de los ciudadanos, superior a cualquier otra voluntad. Distingue la soberanía que radica en la universitas civium o conjunto del pueblo y la pars principans, que equivaldría al poder ejecutivo ejercitado por el príncipe, como un poder delegado, ejercitado en nombre de la voluntad común. El dualismo de la teoría marsiliana entre príncipe y pueblo es análogo al que se puede encontrar en el derecho germánico, pero con la diferencia de que, para Marsilio, el poder del pueblo es superior al del príncipe, y esto se manifiesta en el poder de vigilancia que el pueblo tiene sobre la actividad del príncipe, poder que puede llegar incluso a la deposición del mismo.

Es el principio de la soberanía popular que hace moderno y actual a Marsilio. Afirma fuertemente el principio de la ley como producto de la comunidad de los ciudadanos, dotada de imperatividad y coactividad además de ser inspirada en un ideal de justicia. Este ideal de justicia se deriva del consorcio o asociación civil, el único sujeto que puede establecer lo que es justo y lo que no. Para Marsilio el hombre debe ser concebido como libre y consciente; este concepto destaca a Marsilio como faro de la libertad en el Medioevo.

El pensamiento político de Marsilio de Padua representa un esfuerzo sin precedentes
por dar un fundamento racional al poder. Dos siglos antes que Maquiavelo, Marsilio
había formulado ya una teoría política distinta de la tradicional en el pensamiento
medieval y había dado por vez primera una explicación autónoma del poder, sin recurrir
a un orden o a una ley superior para justificar su existencia. Marsilio sostiene que el Estado no tiene una finalidad moral, sino sólo política; y que el príncipe o gobernante tiene la tarea de
garantizar su funcionamiento sirviéndose de la fuerza coactiva.

Algunos han visto en Marsilio un profeta que se adelantó a los signos de su tiempo, y lo consideraron un precursor de la Reforma protestante, el paladín de la libertad de conciencia, el primero que confiere a la civitas las características del Estado moderno y el primero, en fin, en quien se encuentra una definición lógica del Derecho, anticipándose a las teorías más modernas sobre el mismo. Esta misma visión profética ha determinado que algunos hayan visto en él al precursor de la teoría de la separación de poderes.

Pero su mayor contribución teórica radica en:

  • su defensa a ultranza de la independencia del Estado, concebido como producto humano, totalmente separado de premisas teológicas como el pecado, y

  • la sumisión del poder espiritual al mismo, hasta tal punto que el motivo principal que anima todo su pensamiento jurídico y político se orienta hacia una crítica radical de la teoría de la plenitudo potestatis, para afirmar el derecho y la autosuficiencia de la sociedad civil.


Reconoce a la Iglesia como institución y establece como diferencia entre el Estado clerical y el Estado laico el hecho de que aquél está revestido del poder sacerdotal, en orden a la administración de los sacramentos, por lo que, en este aspecto le es reconocida a la Iglesia una cierta autonomía; sin embargo, es a todas luces exagerado aplicar el término soberanía al poder de la Iglesia, puesto que la intención permanente de Marsilio es la de combatir el dualismo de poder imperante en la Edad Media y reducirlo a la unidad del poder temporal. Niega el poder del Obispo de Roma sobre la Iglesia y sobre la jerarquía eclesiástica afirmando que la fuente de todo poder es la universitas fidelium a la cual compete el nombramiento de los ministros de culto. Y puesto que la comunitas fidelium es la misma comunitas civium del Estado, la fuente de todo poder es igual: el pueblo.


La división institucional —que no de soberanía— propuesta por Marsilio de Padua responde en realidad a la doble finalidad a la que el hombre puede aspirar: la felicidad temporal, que no puede conseguirse sino a través de la concordia civil, cuya condición primera es la paz y que se hace efectiva cuando los diversos órganos del Estado se complementan sin dejar de cumplir la misión que a cada uno compete, y, por otra parte, la felicidad eterna, esperanza del creyente. La posibilidad de armonizar estos fines del hombre es, igualmente, una de las preocupaciones básicas de Marsilio.


La vocación teocrática del Papado estaría en el centro de las continuas disputas que se sucedieron entre los dos poderes, el regnum y el sacerdotum, y que llega a una situación especialmente conflictiva con Luis de Baviera y Juan XXII: cuando el primero consigue consolidar su título imperial y se decide a intervenir en Italia con el ánimo de someterla a su dominio, se encuentra con la respuesta del papa, que lo excomulga en 1324.


Tras el fracaso de la empresa romana de Luis IV de Baviera, Marsilio de Padua le siguió a Alemania, donde permaneció hasta su muerte ocurrida entre 1342 y 1343.

MAG

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